Comienza la historia

“Hubo un tiempo en que las cosas eran diferentes en Ciudad Juárez”, pensó Meche con nostalgia mientras caminaba por su amado Barrio Alto, el lugar que la vio crecer, donde vivía y quería terminar sus días. Se recordó de joven, cuando recorría la Avenida Juárez maquillada con glamur, portando tacones altos, escotes pronunciados y minifaldas. Esa época quedó atrás. A sus casi 68 años había ganado peso y prefería andar sin maquillaje, usar vestidos más largos y menos ajustados para sentirse más cómoda. Utilizaba sandalias y se recogía el cabello para liberarse del calor. El sol de verano la obligaba a cubrir los ojos con lentes oscuros que, además, escondían su más grande complejo.

       A los 9 años, Meche había sufrido un accidente que le ocasionó un leve estrabismo en un ojo: durante un espectáculo de lucha libre se había concentrado mucho calor debido a la cantidad de personas reunidas ahí; por eso, los organizadores abrieron las ventanas dejando entrar un gélido viento que, al contacto con uno de los ojos de la niña, dañó el nervio óptico. Le hicieron pruebas y exámenes, pero decidieron no practicarle una cirugía, por lo cual Meche tuvo que aceptar su destino. Las burlas de los compañeros de escuela la hicieron avergonzarse de su condición y estimularon su ingenio para inventar maneras de disimularla, hasta lograr sobrellevarla.